
En unos días estaré de cumpleaños
y a medida que me empino en la década de los 30
y empiezo a ver con amenazadora cercanía los 40…
no siento el pánico que supone debería sentir.
La verdad es que el contexto ha cambiado:
ya no se espera que una sea toda una señorona
formalmente vestida y llena de rigideces…
Pero hace tan sólo cien años atrás
a esa edad normalmente se era abuela
y todavía es así en algunos países
y yo… todavía ni siquiera soy madre!
No desconozco que cronológicamente marcan
algo así como la mitad de la vida…
y que por eso lleva a mucha gente a reflexionar
si somos lo que quisimos ser,
si estamos orgullosos de nuestros logros
o nos sentimos frustrados,
que cosas estamos a tiempo de poder cambiar
y qué sentimos frente al espejo.
Honestamente, creo que estas respuestas
nos afectan tanto como dejamos que nos afecten:
Yo no soy lo que quise ser…
pero hoy ya no quiero ser eso,
así que para mi deja de ser un problema.
Mis logros… son pequeños,
pero son míos y los valoro mucho.
La frustración… la conozco, la he sentido,
pero pasa de largo y te deja tranquila
cuando te ocupas de cosas nuevas.
Y el espejo… aunque la verdad nunca fue mi amigo,
tampoco me trata con desdén.
Quizá por mi carácter me veo joven porque así me siento
y valoro esa frescura de la naturalidad
que con el botox y la cirugía quedaría suprimida.
Y mirando hacia atrás…
no todas las etapas fueron felices:
En mi niñez fui una inadaptada
que odió el pueblo que me vio crecer,
desde el mismo instante en que llegué a vivir a él
y donde nunca pude encontrar a nadie con
quien compartir mis intereses.
Durante todo el colegio, tuve que bancarme ser la niña rara.
y que para poder serlo sin pasar por nerd
me volví transgresora y rebelde.
Y sufrí por estar donde no quería.
Con mi familia, tenía sólo dos obligaciones
y cumpliéndolas los hacía felices:
Ir al colegio y no dar problemas.
Quizá por eso a los 14 me fui a vivir con una amiga,
ya que mi estilo de vida les podía ocasionar molestias.
De mi existencialismo infantil
había evolucionado al nihilismo hedonista adolescente…
así que a los 17 no quería nada de nada.
Pero de no entrar a la universidad,
se me acababa el auspicio de mis padres…
entré a la carrera que mi madre eligió –la misma suya-
y todo mal, claro.
A los 20 me cambié a periodismo…más que por vocación,
porque lo encontré entretenido.
Me fui a Antofagasta, al trópico de Capricornio
que tan bien me hizo,
Viví años felices, me sentí bien,
terminé la carrera e hice grandes amigos…
Luego conocí el mundo laboral,
en el cual había puesto grandes expectativas…
Entré al servicio público por convicción
por querer ayudar al desarrollo de mi país,
pero fue allí donde sufrí mi primera gran frustración,
la que tarde dos años en sanar totalmente.
La que no se quería casar nunca ,
por considerar que era una institución arcaica,
lo hice a los 30 feliz…
y continuo feliz de haberlo hecho.
Ahora vuelvo a estudiar otra carrera
-Medicina Tradicional China-
Y miro hacia delante,
me proyecto en diversas esferas
y sólo miro el pasado para ver que gracias a él
he aprendido a ser lo que soy hoy.
No soy trascendental ni famosa,
sólo soy parte de una generación de mujeres mas libres,
la primera en este atrasado país
en vivir la sexualidad sin culpa…
en haber gozado de independencia a temprana edad…
en haber sido autosuficiente,
en viajar sola y libre.
Y creo que así como los homosexuales se asumieron,
la sociedad los aceptó…
y comenzó a nacer su “orgullo gay”....
Las mujeres cuarentonas debería estar orgullosas de serlo
Y gritarlo al mundo.
Ya estoy cerca de los 40…
y aunque soy más conciente
de las consecuencias de mis actos que hace 20…
pienso seguir disfrutando a concho…
queriendo aprender cosas nuevas todos los días…
maravillándome ante cada puesta de sol…
libre y con pocos apegos…
Y nunca seré vieja…¡moriré antes de sentirme así!